La revictimización es un conjunto de reacciones y respuestas negligentes que da el sistema que acoge a la víctima, ya sea sanitario, mediático, policial o judicial.
Se tratan, por tanto, de respuestas que hacen que la víctima reviva su hecho traumático, se le deslegitime y/o se la minusvalore.
Si bien es cierto que a veces se da por la cantidad de burocratización y profesionales por las que tienen que pasar las víctimas, otras hacen más hincapié en las conductas directas bajo la responsabilidad de esos profesionales o de los medios. Por ejemplo:
- El uso de vocabulario violento o soez que hace una alusión grotesca al evento.
- En algunos casos, no aislar a la víctima de su victimario.
- Responsabilizar a la víctima de su propia agresión, apelando a su reacción o a lo que estaba “bajo su control” (la ropa que llevaba).
Estamos viendo el último juicio sobre un caso de agresión sexual, donde el juez violenta constantemente a la denunciante. Pero no es el único. Uno de los casos más sangrantes fue con Nagore Laffage, en el cual preguntaron a su madre si su hija era “una chica fácil”.
Las consecuencias son nefastas para el proceso de recuperación por el que muchas víctimas tienen que pasar. Muchas víctimas acaban negociando o retirando las denuncias por miedo o cansancio a no seguir con el proceso. Acaban autopercibiéndose muchas veces bajo ese descrédito, negando incluso su condición como víctimas.
Esto complica el proceso que tienen que transitar, viéndose incluso culpables de lo que les ha sucedido. Otras víctimas pueden no denunciar incluso por miedo a las consecuencias que trae una denuncia así.
Es necesaria la formación específica en violencia machista. Es necesaria la denuncia pública y la sensibilización a través de medios de comunicación y de instituciones. Y, especialmente, es necesario que se penalice esta violencia institucional.
“Si en la judicatura apelan a que no son así y es un caso aislado, que salgan y lo demuestren” – José Luis Sastre