O la seguridad de una casa que acaba apretando.
El aislamiento puede darse por varias causas: a veces por temor a que en el exterior sucedan cosas y otras, por cierta incomodidad ante las demás personas. A veces por hastío y otras por costumbre. Y muchas veces, porque el ritmo de vida no nos permite acceder (ni siquiera observar) otras alternativas. Al menos en nuestro país y en la población adulta, ésta última suele ser bastante común. En las grandes ciudades, también puede serlo para jóvenes e infantes.
El aislamiento en muchas ocasiones es una conducta problemática. Va a estar presente en problemáticas como la agorafobia, la ansiedad social, estrés académico/laboral, problemas de pareja o en estados depresivos.
¿Pero cómo una conducta que aparentemente trae tanta calma, pueda suponer un problema? Porque cuando te aislas para que no te pasen cosas malas, tampoco te pasarán las buenas.
Es decir, hay una privación de estímulos reforzadores. No hay una exposición no sólo a nuevas experiencias que contrasten con lo aprendido previamente, también muchas veces se da una privación de estímulos que condicionarán a su vez incluso nuestro funcionamiento físico y cognitivo.
¿Recordáis la cantidad de profesionales de psicología que durante el confinamiento apelaban a «hay que hacer cosas»? Hablaban precisamente de esa estimulación. De repente nos encontramos con una situación bastante hostil a las afueras de nuestras cuatro paredes. Pero en casa se nos cae el techo y de repente nos cuesta prestar atención, concentrarnos y a tener pérdidas de memoria. Muchas personas notificaron cambios en la rutina del sueño y migrañas ante la dificultad para hacer más actividad física.
Y no, no es el síndrome de la cabaña. Es que nuestro organismo necesita estímulos y activación. Si esto no está presente, acabará por afectar también a nuestros propios ritmos (sueño, alimentación, aumento del estrés, irritabilidad, etc).
Ahora bien, ¿qué pasa con la parte anímica? ¿qué ocurre con la conductual? De repente nos encontramos que las actividades agradables ya no lo son tanto. La apatía campa a sus anchas y el interés presente antes por las cosas comienza a desvanecerse. Además, los pensamientos en torno a la exposición «externa» cada vez son más aversivos y pensar en salir de casa «y encontrarse con» o «hacer un…» cada vez se vuelve más costoso y difícil. A veces hay pereza, otras ansiedad.
A esto se le añade que, ante la falta de estimulación, busquemos cualquier excusa para encontrarla en otro sitio: la amiga Rumia. De repente empiezan los bucles a pensamientos desagradables una y otra vez. No es raro que «Aislamiento» y «Rumia» vayan juntas de la mano, pues planteará numerosas funciones.
La primera: la estimulación. Aunque sean con pensamientos desagradables. Este fenómeno supone también una consecuencia del aislamiento. A mayor aislamiento, mayor frecuencia de los pensamientos desagradables.
La segunda: la evitación. No es raro encontrar los «debería haber hecho» o los «tendría que…». Tienen una forma balsámica e intentan dar una percepción de control sobre las cosas perdidas, así como seguir reforzando una evitación.
Un poco así:

Un ejemplo de esto es el «hikikomori», un fenómeno que se da en Japón y que expertos y expertas no se presentan especialmente de acuerdo con cómo categorizarlo. Sin ánimo de patologizar, lo que queda claro es que sí se recogen consecuencias negativas a las personas que lo practican.
Romper con esto es complejo y arduo, y probablemente no será fácil. Se trata poco a poco de exponerse de forma gradual. No te hace una persona vaga. Tras un tiempo de aislamiento y un estado de ánimo bajo, puede ser complicado el salir e incluso exponerse de inicio con ansiedad.
Si necesitas ayuda, puedes preguntar.
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